sábado, septiembre 10, 2011

El umbral y las doce



…ser como el viento, me dijo.


Bienvenidos al asilo La otra mejilla. Así se anuncia la obra desde la entrada a la sala. Se le advierte al público que está prohibido entrar con alimentos, bebidas y con esa ociosa y ridícula concepción del tiempo. El tiempo muere toda vez que se dan las llamadas y toda vez que el actor y la actriz se maquillan. Telón cerrado. Los relojes se detienen y las horas duermen en silencio. Así los minutos… los segundos desaparecen.

Varias leyendas se cuentan sobre este asilo y sobre su famoso Club de las pasitas. Nada quizá sea cierto. Rumores acaso, rumores de mal gusto. No es verdad que en este refugio descansen el mismísimo San Nicolás ni la tan famosísima Catrina. Tampoco puede comprobarse que sea en ese mismo sitio donde las almas parten hacia el más allá tan sólo cruzando una puerta: el umbral. Ni que esa puerta se abra y cierre como un suspiro cada noche al tiempo que susurra un nombre, distinto cada vez, y que todo esto suceda exactamente a la mitad de la luna: las doce. Falso es que una bruja malvada dirija este refugio, y más falso aun que su tan temida maldad sea razón para desear morir antes de enfrentarle. Absurdo creer que en aquél sitio don Melquiades se haya vuelto completamente loco de atar y que don Federico le entregue su alma al diablo para escapar del amor que le persigue. Sería de necios tratar de desmentir que aquellos viejecillos tan olvidados por el exterior hayan encontrado por fin la fórmula de la eterna juventud y que tan celosamente la guarden para ellos negando al mundo sus virtudes y sus milagros. Todo es mentira.

Todo es falsedad, calumnias todas, rumores acaso, rumores de mal gusto.

domingo, noviembre 21, 2010

Semblanza (diez años)

Mi vida en Orquesta es la misma que pudo haber experimentado una pulga en el lomo de un perro. Así los vaivenes, las subidas y las bajadas. Soy una pulga entre tanto pelo que me cubre, pero no tanto como para no escalar alguno de ellos y mirar hacia arriba. Soy una pulga con aires de grandeza, que sueña con la alfombra persa o con la piel de tigre blanco. Pero esos sueños sólo me los pudo haber sugerido lo vivido en este maravilloso grupo. Orquesta para los puristas. Para los cuates Orchestra. Me siento y soy una nota musical que por sí sola suena apenas a murmullos pero que acompañada suena a sinfonía. Y de eso se trata vivir en la orquesta, de acompañarte de otras notas que como tú repican en el eco buscando la simbiosis musical, la cooperación milagrosa, el accidente fatuo y por último, la creación colectiva.


Son diez años de compartir con corazones jóvenes, los sueños y las revoluciones calladas, apenas sugeridas en el mundo: el anhelo, esa sensación colectiva que nadie se atreve a gritar pero que se puede leer en los ojos de quienes está despiertos y lo intentan. El anhelo: una vida siendo vida y no otra cosa, sin nubes perfectas, sólo nubes, sin mares perfectos, sólo mares, sin bosques perfectos, sólo bosques. Sin humanos perfectos, sólo tú, sólo yo, sólo él y ella. Sin una orquesta queriendo ser perfecta, sino una perfección queriendo orquestarse. Porque la perfección no es algo que se busca sino que ya se tiene y no se pierde nunca, pase lo que pase; vaya, qué más perfecto que la vida que crece y crece hasta volver a nacer. Y nosotros somos vida.

Eso lo aprendí en Orchestra.

Siempre he disfrutado el narrar mis historias y que me narren otras. Qué mejor que el teatro como herramienta para sugerir la noche y la alcoba y el niño y la mamá o el papá que le cuenta un cuento. Cuando escribo o dirijo en la escena alguna de mis historias, me emociono al imaginar a ese público atrapado por el relato y las idas y venidas de las palabras y las acciones. En ellos se reflejan el clímax y el desenlace, en sus risas y sus lágrimas o en sus bocas abiertas o en sus bostezos o en sus murmullos. El teatro me brinda eso; en el teatro me descubro día a día, y en el día a día descubro el teatro y sus alcances. Me fascinan sus promesas: noches y noches de alcoba y cuentos y público y aplausos y ensayos y ensayos y ensayos…

Los ensayos…

…con los actores, soñadores y provocativos. Talentosos, apasionados. Orchestra. Orchestra es eso. Y en Orchestra he fungido y fingido como director de teatro. Apenas y entendiendo la técnica y al arte en sí, con mis hermosas limitaciones, que son savia del crecimiento; con mis miedos, que pueden desecharse y transformarse en abono para el impulso; con mis imágenes inciertas, esas que se hacen historias; con los días contados y por contarse, esos que se convierten en experiencia; con mis compañeros, mis amigos, mis hermanos, esos con los que juntos aprendimos a hacernos uno; con la incertidumbre, esa que invariablemente se torna en certidumbre; con lo cóncavo que alberga lo convexo; con el mundo que me sirve de pretexto; con el amor que se halla y no se deja ir; con la tragedia y la comedia…

Yo en Orchestra. Sí, rodeado de magia y rodeado de actores y seres humanos maravillosos. Diez años para construir, otros diez para cimentar, y esos mismos sumados a los que siguen para disfrutarse.

Amo a Orchestra tanto como me amo a mi mismo. Amo lo que representa porque me representa. Amo lo que se ha logrado en su nombre y lo que está pronto a lograrse. Amo los domingos en Orchestra. Amo las lecturas de libreto y los ensayos. Amo contar la misma historia cien veces a mis actores antes de contársela por primera vez a nuestro público. Amo los proyectos nuevos y las juntas esporádicas de un comité que apenas y puede disfrazarse. Amo la danza y el teatro unidos. Amo la teatralidad. Amo las máscaras que se quitan una vez terminada la función y que nos hacen cuestionarnos durante dos horas sobre nuestra existencia. Amo las hojas en blanco: las amo porque les temo. Amo los ojos y la mirada que ensaya un actor cuando descubre por sí solo el camino. Amo la satisfacción que me da el saber que soy parte de algo que yo mismo ayudé a crear. Amo mi inocencia como director y escritor. Amo mi ignorancia, eterna compañera que me punza para no quedarme con las carambas dudas. Amo la posibilidad. Amo los cambios, también porque les temo. Amo amar de esta manera. Amo ser actor. Amo ser escritor. Amo ser director. Amo ser Orchestra.

Los amo a ustedes, te amo a ti corazón.

Y para concluir, imagínense una sonora trompetilla… ya que de conclusiones no sé nada.

martes, noviembre 18, 2008

Preámbulo


Imaginemos a un chico de veintitantos sentado en la frialdad de un escritorio gris y rodeado de miles de papeles igual de fríos y grises, papeles que sólo  pueden encontrarse en el archivo muerto de una empresa de mediano éxito; imagenémoslo haciéndose preguntas sobre la vida y sobre su futuro y que divagando entre cientos de sentimientos y pensamientos y entre miles de cuentas financieras viejas y enfermas de tiempo, de repente, se encontrara cara a cara con el destino que de la nada y por un instante, le regala su atención cósmica diciéndole a los ojos: sí, por aquí es, no es esto que te rodea ahora, es aquella idea infantil que desde hace mucho te ronda discreta e invisible entre sueños y que ansiosa se te mostraba en tus juegos de niño...


Obviamente, si lo imaginamos de veras, podríamos estremecernos y congelar el pensamiento más próximo para detenernos en la mera sensación: escalofríos, lo mismo que sintió aquel muchacho cuando el guiño de las musas, esas que se encargan de la inspiración de los hombres, se hacía palpable en una pequeña hoja de diario de oficina, cuando los garabatos in-formes se transformaban en algo, en una visión, en una figura, en un camino trazado, en una silueta reconocible sólo por el que sabe soñar despierto: un figurín entre fársico y prometedor, una mancha negra que luego se transformaría en unos brazos negros y luego en una cabellera negra y luego en una batuta imponente y acusadora y luego, tan clara, tan concreta, tan sublime, la figura entera, un director de orchestra en el éxtasis, atrapado en el in cressendo de su melodía, atrapado in fraganti en plena construcción...


Aquél no pudo siquiera prestarle el tiempo a duda alguna; lo único en su cabeza era un frase que rebotaba entre las sienes como pelota de pin-pon: "Yo soy el director de mi propia vida"


Así que, fue entonces, cuando todo inició.