martes, noviembre 18, 2008

Preámbulo


Imaginemos a un chico de veintitantos sentado en la frialdad de un escritorio gris y rodeado de miles de papeles igual de fríos y grises, papeles que sólo  pueden encontrarse en el archivo muerto de una empresa de mediano éxito; imagenémoslo haciéndose preguntas sobre la vida y sobre su futuro y que divagando entre cientos de sentimientos y pensamientos y entre miles de cuentas financieras viejas y enfermas de tiempo, de repente, se encontrara cara a cara con el destino que de la nada y por un instante, le regala su atención cósmica diciéndole a los ojos: sí, por aquí es, no es esto que te rodea ahora, es aquella idea infantil que desde hace mucho te ronda discreta e invisible entre sueños y que ansiosa se te mostraba en tus juegos de niño...


Obviamente, si lo imaginamos de veras, podríamos estremecernos y congelar el pensamiento más próximo para detenernos en la mera sensación: escalofríos, lo mismo que sintió aquel muchacho cuando el guiño de las musas, esas que se encargan de la inspiración de los hombres, se hacía palpable en una pequeña hoja de diario de oficina, cuando los garabatos in-formes se transformaban en algo, en una visión, en una figura, en un camino trazado, en una silueta reconocible sólo por el que sabe soñar despierto: un figurín entre fársico y prometedor, una mancha negra que luego se transformaría en unos brazos negros y luego en una cabellera negra y luego en una batuta imponente y acusadora y luego, tan clara, tan concreta, tan sublime, la figura entera, un director de orchestra en el éxtasis, atrapado en el in cressendo de su melodía, atrapado in fraganti en plena construcción...


Aquél no pudo siquiera prestarle el tiempo a duda alguna; lo único en su cabeza era un frase que rebotaba entre las sienes como pelota de pin-pon: "Yo soy el director de mi propia vida"


Así que, fue entonces, cuando todo inició.

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